Berrea 2016: Por la Cabrilla. [Barranco Valentín, Poyos de la Carilarga y Tranco del Lobo]

Cuando era chico tras el verano llegaba el otoño y con el otoño la berrea. Ahora que me he hecho grande, tras el verano sigue el verano y los ciervos berrean igual que si hubiera llegado el otoño, haciendo bueno el axioma según el cual la jodienda no tiene enmienda. Así, si antes calculaba la época en que en los valles de la sierra resonaba el bramar en función de las primeras lluvias, ahora hay que calcular a ojo. Este año tomamos como referencia la luna llena de septiembre. Y acertamos.

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El plan era salir el sábado de Granada sin prisa, comer rin ran en Arroyo frío y bajarnos después al Barranco Valentín con el tiempo suficiente para pasar revista a los manzanos y los perales antes de montar la tienda en uno de los bancales situados tras la casa de los Bañones. Hacía tiempo que Laura y yo queríamos dormir allí, y la noche no defraudó en absoluto. El atardecer se prolongó durante un buen rato, porque tenía que hacer su trabajo en el valle e ir apagando la Sierra después, hasta terminar en los Poyos de la Carilarga. La oscuridad absoluta duró poco, porque la luna comenzó a iluminar en orden inverso, esto es, de los Poyos hacia abajo. Y fue entonces cuando los venados comenzaron a inundar el valle con sus bramidos. Ciervos, gamos y jabalíes desfilaban ante nuestra choza, delatados por el fulgor de sus ojos al ser iluminados por los frontales. En definitiva, una de esas noches serranas en las que cuesta desconectar y dejarse vencer por el sueño.

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Así que a la mañana siguiente costó salir del saco. Recogimos el campamento, lo metimos en las mochilas y a su vez abandonamos éstas junto al río. Ya ligeros, con mochilas de ataque, enfilamos la durísima pendiente que nos llevaría al Barranco de las Covachas. Desde abajo parece imposible atravesar estos poyos, aunque lo cierto es que sobre el terreno, como casi siempre, las cornisas son mucho más amplias de lo que podría parecer.

Laura en los Poyos de la Carilarga

En general no cuesta demasiado encontrar el paso bueno. En estos poyos hay un paso que te lleva al siguiente collado y dos o tres que te llevan aparentemente al siguiente collado pero, en realidad, conducen al precipicio. Elegir el paso fetén es muy conveniente porque evita el inconveniente de tener que andar yendo y viniendo por un terreno poco adecuado para errores.

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En fin, como diría Justo Cuadros, pim pam y pim pam, fuimos recorriendo la Carilarga y disfrutando del espectacular valle del Guadalentín a nuestros pies. Cada vez que llegábamos a un collado veíamos la parcela que habíamos reservado la noche anterior muy pero que muy por debajo de nuestros pies. Las mochilas, sin embargo, no podíamos verlas, lo cual es lógico si pensamos que son mucho más pequeñas que el Cortijo de los Bañones y el Cortijo ya se veía muy pequeño. Además las mochilas las habíamos escondido precisamente para evitar que fueran vistas. No nos preocupaban los humanos, porque ni a propósito iba a pasar nadie por allí, pero no estábamos seguros de que,a nuestro pesar, no fuéramos  a compartir nuestras pertenencias con alguna de las piaras de jabalíes que nos habían visitado la noche anterior.

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Pronto – es un decir – llegamos a Tranco Tapao y perdimos de vista el valle y las mochilas. Un poco más adelante se abría ante nosotros la altiplanicie de la Cabrilla, inmensa, salvaje aún muy seca. Entramos por Nava Centeno, donde tres caballos debían estar pastando, aunque pastos quedaban pocos. Llegados a este punto se evidenció, una vez más, mi absoluta falta de planificación. Yo me había limitado a planear la ascensión por los Poyos de la Carilarga, y después ya iríamos viendo. Bien, pues en Nava Centeno había llegado el momento de ir viendo: hacia el norte podíamos continuar enlazando navas y cuerdas para bajar por el pluviómetro. Hacia el sur podíamos seguir hasta el Tranco del Lobo para volver al valle por el Poyo Tribaldo. Incluso podíamos dar una vuelta improvisada por la Cabrilla y volver, luego sobre nuestros pasos. Laura eligió el Tranco del Lobo, lo que suponía continuar por mal terreno al menos hasta las inmediaciones de la Sabinilla, para enlazar con la senda que baja a la Cañada del Mesto y remontar luego todo el Barranco Valentín hasta las mochilas, cargarnos y subir de nuevo a Fuente Acero, donde estaba el coche. Era poco más de medio día y ya sabíamos que acabaríamos la jornada a la luz de los frontales y con dolor de todo. Ea, a eso hemos venido.

Quebrantahuesos sobrevolando la Cabrilla

Así que enfilamos al sur y no tardamos en ver el pantano de la Bolera cerrando el valle del Cañuelo. Desde este punto quizás hubiéramos llegado antes al pueblo andando que a Granada en coche. Paramos a comer en las inmediaciones de la Chacona y, como empieza a ser habitual, un quebrantahuesos se acercó a ver qué demonios éramos. Son de lejos los bichos más simpáticos y curiosos de la sierra y al ver que había extraños en sus dominios éste ejemplar (aún no lo he identificado) hizo lo que suelen hacer en estos casos: una pasada a media altura y luego cuatro o cinco más volando muy, muy bajo sobre nuestras cabezas y mirándonos fijamente. Casi se diría que nos saludaba. Hay cuatro o cinco oportunidades para hacerle una foto medio decente, y en este caso salieron todas desenfocadas. Sin tiempo para más intentos se fue hacia el macizo de Cabañas y nosotros seguimos hacia la cornisa del Tranco del Lobo.
Cornisa del Tranco del Lobo

Fue una pena que el otoño no hubiera llegado, porque el arce de la cueva al inicio a la cornisa habría estado espectacular, aunque el solo hecho de recorrer este camino casi imposible en mitad de los tajos del Tranco justificó los kilómetros que, cada vez más, nos separaban del coche.

Quebrantahuesos sobrevolando la Cabrilla

Entre tanto, por lo visto, se corrió la voz entre los quebrantas de que había gente rara por la zona, porque desde la misma dirección en la que se había perdido el primero llegó otro ejemplar. Nos hizo las cuatro o cinco pasadas de rigor y siguió con su camino, y nosotros con el nuestro, ya buscando la vereda que nos devolviera al Guadalentín. De camino al coche solo nos quedaba una cosa importante que hacer: recoger las endrinas para hacer pacharán. Luego, a la luz de los frontales, los bramidos volvieron a acompañarnos hasta el coche.

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