Volar en Riglos. El Juego en el que andamos.

De la montaña me atrae que es sincera y te pone siempre en tu lugar. Puedes vacilar un tiempo aquí y allá, puedes contar historias en el face y dártelas de mega estrella en los foros pero al final coge ella y de la forma más inesperada, en la intimidad severa de una norte o un corredor helado, te dice:chacho quieto que de aquí ya no vas a pasar. Esto que os voy a contar es, en el fondo, el relato del juego en el que andamos: una lucha continua en la que intervienen a partes iguales nuestros miedos y nuestras ilusiones

Recomiendo a cualquiera que se inicie en los deportes de montaña que tenga muy presente este párrafo que le cojo prestado a José Pastor – junto con parte del título de su post sobre el Diagonal del Alhorí –, porque  concentra la verdad de la montaña: en este medio por cada ilusión hay un miedo que superar, y al salir de casa hay ponderar muy bien el precio de nuestras aspiraciones. En la incierta distancia que separa la cima del abismo bailas con una Dama que te mira  a los ojos y te abre en canal, te mide y te coloca en tu lugar, pero para salir a bailar puede exigirte lo que quiera, porque lo entregas todo. En este juego volver derrotado a casa no es lo mismo que perder. Y sí, esta es la historia de una derrota, pero solo eso.

Escalada en Riglos

Pues bien, la historia de una derrota que os cuento se inicia con el que probablemente sea un inconveniente menor de la montaña, pero que  también hay que tener presente, y es que no entiende de agendas. Durante todo el año habíamos tenido el Matterhorn como objetivo para el verano, pero finalmente pudimos disponer de 4 días para viajar y la meteorología impidió que los empleásemos en el Naranjo de Bulnes. Acabamos en Riglos como tercera opción, y aunque el objetivo era subir al Mallo Pisón por el Espolón Adamelo, decidimos dedicar una mañana a uno de los Mallos Menores: la Aguja Roja. Una vía fácil para tomar el pulso a este conglomerado de bolos, romos y panzas con un coloso menor, que no pequeño, cuya escalada no plantea  grandes exigencias técnicas pero sí atléticas y, principalmente, psicológicas. Y es que si por algo se caracteriza la escalada en los Mallos es por una endiablada verticalidad tan estética como amenazante.

Aguja Roja, Riglos

En el caso de la Aguja Roja hay que añadir una carestía de seguros de la que ya nos habían advertido Francesc, Carles y Moragas. Nos encontramos con ellos durante la aproximación y resultaron ser tres tipos encantadores y con un conocimiento enciclopédico de Riglos. Para cuando llegamos a la base ya parecía que nos conocíamos de toda la vida.A pie de vía nos encontramos con Estefanía y Paz, una cordada de granadinas con las que ya habíamos coincidido alguna vez en Alfacar, que optaron por subir por la elegante línea de la Edil.  Laura y yo aún nos estábamos poniendo los arneses cuando Francesc nos gritaba desde la R2: ¿No subís? Vamos juntos, ¡que es más divertido!  Y empezó el baile.

Como he dicho, la Normal a la Aguja Roja es una vía fácil, unos 120 metros de conglomerado dividido en 4 largos cuyas dificultades, que no superan el V grado, quedaban en principio muy por debajo de nuestras posibilidades. El primer largo nos anticipó lo que la pared ofrecía y cuales eran sus exigencias. Presas de todo tamaño y condición facilitaban el progreso de manera que de lo único que había que preocuparse era de disfrutar de la escalada, con dos salvedades: el patio y la distancia entre seguros. Aguja Roja, Riglos

En estos casos lo importante es racionalizar: la distancia hasta el suelo deja de ser un problema muy pronto, porque el suelo se aleja rápido y  para cuando rompes a sudar ya no está ni lejos ni muy lejos, sino demasiado lejos como para preocuparse. El patio se convierte entonces en un elemento estético, algo que aparece entre tus piernas cuando sacas el centro de gravedad para recordarte dónde te has metido.

No, el vértigo no venía al mirar hacia abajo, sino al mirar hacia arriba y ver lo lejos que quedaba el siguiente seguro. Esa era la distancia que te recordaba el compromiso: aquí no vale volar. Pero estábamos disfrutando como enanos, literalmente comiéndonos la vía. Cada panza te obligaba a sacar el centro de gravedad, colgarte de brazos y dar la espalda al vacío mirando a cara a cara al abismo. Vale, en esta vía no están permitidos los vuelos, pero técnica y físicamente la vía no planteaba dificultades. Solo la mala suerte podría provocar un accidente aquí.

Estaba llegando a la R3. Llevaría unos 4 metros de cuerda desde la anterior chapa, con que la caída – de entre 8 y 10 metros, calculo –  debió ser escalofriante. Por suerte yo la vi desde dentro, y no me pareció para tanto. Era un paso tan sencillo como los anteriores: cogí la presa cargué el peso, saqué el culo y… ¡mierda! Eso fue todo lo que me dio tiempo a decir – o pensar – al ver aquella maldita piedra despegarse del conglomerado de piedras que forman la Aguja Roja y dejarme a merced del vacío. El resto fue como cualquier vuelo, pero más largo. Lo único que vi pasar ante mis ojos fue una sabina que un minuto antes había pasado en dirección contraria, y lo único que me dio tiempo a pensar fue algo así como hostia, no noto el tirón contra el anillo ventral, qué vuelo más largo [TIRÓN] Qué suave… Bueno, ya está.

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 ¿Estás Bien? Laura dice que no grité (no escuchó mi ¡mierda!, no me presta atención cuando hablo 😛 ), así que en principio tampoco le dio mucha importancia. El tirón del arnés fue suave debido a la elongación de la cuerda, pero durante la caída mi pie había tenido un breve pero intenso rendezvous con alguno de los salientes de la pared. No… creo que me he roto la pierna. En realidad en un primer momento la imagen del pie apuntando hacia la oreja izquierda me hizo pensar en una luxación, no por nada, sino porque soy un tío optimista. Fue al intentar recolocarlo en su sitio y ver que se balanceaba cuando pensé que igual estaba roto. Así que allí estábamos. Yo más o menos donde empieza el último cuadradito de las Torres Kio, y Laura unos pisos más abajo. Se había quemado la mano al parar mi caída. Lo primero era darle un besico de agradecimiento.  ¿Puedes bajarme hasta la reunión? Por suerte la reunión era relatívamente cómoda y amplia. A la baga de anclaje añadí un ballestrinque para que me fuera más fácil encontrar una postura aceptable, y a pensar en cómo salir de ésta. La primera opción era obviamente el rescate, pero la descartamos pronto. Ahora estábamos más o menos a mitad del Mallo. Allí obviamente no se iba a acercar un helicóptero, y con 5 escaladores sobre nuestras cabezas y nosotros en la línea de rápeles, no parecía buena idea meter más gente arriba. Por otra parte el dolor era aún soportable y me quedaban tres extremidades, de manera que si nos ayudaban a montar un rápel podríamos salir en dos tiradas sin demasiadas complicaciones. ¡Ayuda! ¿Me oís? 

Fractura de tobillo

Francesc bajó hasta nuestra posición mientras Moragas y Carles esperaban en la R3 dispuestos a echar una mano. Comentamos el accidente, evaluamos daños y nos pusimos al lío.  ¿Prefieres rapelar o te descuelgo? Laura y yo habíamos tenido unos 20 minutos para pensar en ello: Las dos cosas, móntame un descuelgue con mis cuerdas por si me golpeo y pierdo el conocimiento, pero rapelaré con las vuestras para controlar la bajada y evitar golpearme. Moragas se adelantó para asegurarme también desde abajo. Fácil y rápido. Calculo que en otros 30 minutos estábamos todos a pie de vía, incluidas Estefanía  y Paz. Match ball salvado.

Una vez todos en tierra firme pudimos relajarnos. Francesc nos enseñó algunas de sus cicatrices para quitar dramatismo al momento,  Estefanía cargó con nuestro equipo y Laura y Paz se fueron a buscar el coche mientras el resto iniciábamos lo que iba a ser un penoso destrepe hasta la pista. Aunque intenté bajar apoyado en un bastón y a la pata coja, bastó un solo apoyo accidental para que casi perdiera el sentido. No lo perdí, así que lo que hice fue gritar y desear haberlo perdido.  El resto de la bajada la hice sobre la espalda de Carles excepto algún destrepe en el que arrastré el culo. Lo demás os lo podéis imaginar: Hospital en Huesca, 840 kilómetros de coche (de dónde sacará Laura la fuerza…), Hospital en Baza, un par de intervenciones… y a recuperarse poquito a poco.

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En fin… empecé este post con un párrafo sobre la verdad de la montaña. A estas alturas los menos asiduos a las paredes, a los corredores helados y a las caras norte se estarán preguntando si vale la pena. No, no voy a tratar de explicar por qué vale la pena. Como os dije, la montaña te mira muy dentro y, lo que es peor, te ve. Ese día también miró dentro de Laura, de Francesc, Carles, Moragas, de Estefanía y de Paz. No sé si hay unas palabras para explicar lo que la montaña debió ver en ellos, pero por intentarlo diré que cuando yo lo recuerdo no viene a mi mente la imagen de un tobillo grotescamente retorcido, sino sus caras y sus voces. Sin embargo, entre los poderes de las montañas no se cuenta el de convertir la vulnerabilidad en gratitud. Son los montañeros quienes llegan a donde la montaña parece decir que no es posible. A los seis, ¡Gracias!

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2 Comments

  1. Muy buenas Andrés.

    Sabía que habías tenido un percance pero desconocía el cómo y también el alcance del mismo. Me alegra mucho que hayas podido escribir esta entrada. Es seguro que has asimilado y superado con creces el “trauma” que supone una caída de tantos metros.

    Seguro que ya te lo han dicho pero en el fondo eres un tipo con suerte. Primero porque un vuelo de 10 metros puede acabar fatal si ese golpe en lugar de dártelo en el pie te lo pegas en la cara o en la cabeza. Segundo porque seguro que ya estás pensando en futuras aventuras y tienes mucha ilusión por seguir en la brecha. Tercero porque está Laura que paró esa caída y se mantuvo en su sitio. Bravo por ella.

    Espero que ya estés operativo y, si no, que enseguida andes por Cabañas con un buen lomo de orza para poner a punto esa pierna. Un fuerte abrazo para ti y para Laura.

    Luiso.

    • Gracias Jose, en primer lugar por el préstamo 😉 Y por supuesto, por tus palabras. Tienes razón, en todo. Hasta en las ganas por volver a Cabañas jaja. Un abrazo grande!

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