Atardecer lorquiano en el Caballo.

Atardecer en el Cerro del Caballo

En alpinismo hay dos horas críticas, las que preceden al anochecer, en las que se aprieta lo apretable para intentar volver al coche/refugio antes de que caiga la noche. Pero si la realidad o la distancia se imponen, Torres dice lo de bueno, hoy ya no se va a hacer más de noche, encendemos los frontales y terminamos tranquilamente, porque lo cierto es que somos de buen conformar y nos basta con haber salido del marrón con luz aunque haya que hacer el camino de vuelta entre tinieblas. Desde luego en estos casos sería temerario intentar disfrutar plácidamente del atardecer. Se disfruta, sí, pero mirando de reojo. 

Atardecer en el Cerro del Caballo

Pero a veces la actividad no exige bajar de cota con prisas. Cuando la meteorología no es un inconveniente, y la tienda está plantada a tiro de piedra de la cima, uno puede sentarse tranquilamente a tres mil y pico metros y poner color a los versos de Lorca: Con qué trabajo tan grande deja la luz a Granada. 

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Visto desde la cima del Caballo el trabajo de la luz para irse es arduo. Abandona primero los valles y las cimas menores después. Llega entonces el frío, siempre antes que la oscuridad, porque el Sol deja de calentarte cuando tienes que mirar hacia abajo para verlo. El espacio de la luz sobre el Mediterráneo lo ocupa la bruma. Y el Sol cuando parece haberse ocultado, reaparece bajo esa misma bruma para buscar, ahora sí, el horizonte y desaparecer. Es hora de buscar refugio.

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