Campos de Hernán Perea, la leyenda, la nuit.

Campos de Hernán Perea

Hablemos hoy de gentes y lugares de leyenda. Tal y como yo lo veo, las gentes tenemos una gran ventaja sobre los lugares a la hora de hacer que la memoria de nuestros hechos extraordinarios permanezca y se aumente con el paso de los siglos, y esta ventaja es que la diñamos. Así, para que dentro de 10 siglos lean nuestras historias solo tenemos que hacer – o atribuirnos – alguna heroicidad, exagerarla, difundirla y dejar que la naturaleza haga su trabajo. A 80 años vista nadie podrá comprobar si de verdad éramos tan grandes y tan justos, si matamos a tantos enemigos y o si descendíamos de aquel Dios.

Campos de Hernán Perea

Los lugares, por el contrario, tienen el inconveniente de la permanencia, por lo que nada impide que hoy cualquier curioso dirija sus pasos hacia un monte para comprobar que no hay Dioses en su cima, sobrevolar un triángulo y comprobar que no está E.T. o fracasar en el intento de que un mar se abra y nos deje paso franco a la otra orilla.

Refugio de Cañada Humosa

Hay, sin embargo, lugares pertinaces en su leyenda, y los Campos de Hernán Perea son un ejemplo de ello. Casi todo lo que se escribe de este apartado rincón de la Sierra de Segura tiene un poso de realidad, mucho de exageración y pocas posibilidades de ser comprobado. Empezando por el nombre, cuya desmitificación ha hecho que pase de Campos de Rampalea (o de la Gran Pelea) a Hernán Perea. El Rampalea de los serranos conlleva un sin fin de dificultades pues son  demasiadas las batallas candidatas: entre Cartagineses y Romanos, Moros y Cristianos… Al bueno de Hernán (Canónigo y Gobernador del Adelantamiento de Cazorla) le asignaron este páramo con el único argumento de la rima asonante, pues los Campos están en las tierras que pertenecieron a la Orden de Santiago, no al Adelantamiento.

Campos de Hernán Perea

Pero en la leyenda de los Campos las batallas cumplen un papel muy secundario. Los protagonistas son el frío y la soledad. Un frío extremo que alimenta las historias de viajeros y serranos muertos por congelación, aumentadas con los testimonios de quienes sobrevivieron a la travesía. El frío y la nieve que hizo que el Tío Feligrés tuviera que esperar meses para su propio entierro, o el que hace que aún hoy se debata sobre si se registraron -45ºC en 1954.

Con remedio para el frío, Laura y yo nos fuimos a los Campos en busca de esa soledad infinita , de un cielo sin rastro de contaminación lumínica y de uno de los hoteles con mayor número de estrellas que puedan encontrarse. El elegido fue el Refugio de Cañada Humosa, lugar a propósito para pasar una fría noche de diciembre intentando fotografiar el Cometa Catalina. Sin embargo el Cometa, puede que ahuyentado por las leyendas, no se dejó ver, aunque la Luna Llena sí quiso deleitarnos un despertar del que, si dijéramos que fue un amanecer de media noche, contribuiría a aumentar la leyenda de los Campos.

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2 Comments

    • ¡Gracias Luis! Ya sabía de tu pasión por los Campos, de hecho en parte la inspiración para una nocturna vino de tu travesía en bici.

      Nos vemos, un abrazo 🙂

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