Los Lagos del Matterhorn (Alpes Suizos)

Febrero de 2012 fue un mes difícil para mí. Quienes me conocen saben que suspendí y dejé unas oposiciones a las que había dedicado más de seis años. Pensé que me costaría bastante afrontar el cambio, pero de hecho no fue así y lo cierto es que el viaje de vuelta a Granada resultó ser el viaje de una a otra etapa de mi vida y, más o menos a medio camino, miré a Laura y le dije “oye, este verano vamos a veranear en Suiza igual”. Creo que en ese momento evitó decirme lo que pensaba porque bastante había tenido, pero la mirada fue bastante expresiva.

Estación de Visp

Pero dicho y hecho, en agosto disfrutaba de mis primeras vacaciones como abogado y aterrizábamos en Ginebra. Destino: Zermatt, la localidad suiza a la que todo montañero debe peregrinar al menos una vez en la vida. Para ir desde Ginebra a Zermatt la mejor opción es siempre el tren. Entre otras cosas porque es un pueblo libre de coches. En segundo lugar porque el Glacier Express de Visp a Zermatt es una experiencia imprescindible. El SBB tiene todo tipo de combinaciones para organizar las vacaciones viajando en tren. Para un viaje del aeropuerto a una localidad determinada y vuelta la mejor opción es el Swiss Transfer Ticket. No obstante, nosotros optamos por un Swiss Pass de 4 días, por si improvisábamos.

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E improvisar es casi obligado si en el aeropuerto te pierden la mochila en la que va toda la ropa técnica: nos encontramos en los Alpes, en bermudas y chanclas. Hubo que tirar de visa y dedicar una tarde a comprar ropa, lo que a su vez nos obligó a reorganizar los planes. La primera ruta consistió en un pateo circular desde Zermatt recorriendo los lagos glaciales que se asoman al Cervino.

Lago Grindjesee

El recorrido permite disfrutar además de la silueta de algunas de las más míticas cimas alpinas. Aquellas reservadas para los elegidos, a las que se les trata de Vd. Excelentísimas montañas, como la Dente Blanche, tras cuya pirámide somital se ocultaba la luna en la imagen de abajo.

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Montañas tan  perfectas que tienen que estar necesariamente rodeadas de espejos donde mirarse y tan dulces que los bombones las imitan.

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Como no llevábamos un plan excesivamente definido, al final de la jornada nos acercamos a ver – y escuchar – el Glaciar de Findelgletscher, una de las lenguas alpinas más espectaculares. Una pena porque de no haber perdido una tarde con la reposición de vestuario podríamos haber dormido en alguno de los huttes cercanos y haber aprovechado para recorrerlo. Pero una de las reglas más importantes en montaña es dejar el camino sembrado de cadáveres para tener que volver. Y lo haremos.

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En fin, una jornada de aclimatación antes de atacar nuestro primer cuatromil. Pero eso sería mañana. Hoy aún podíamos dedicar un rato a mirar al Matterhorn e imaginar que un día recorreremos la Arista Hörnli hasta su cima. Eso antes de bajar de nuevo a Zermatt y disfrutar de la noche alpina. Tomar una copa rodeado de gente que – inexplicablemente – calza unas La Sportiva rígidas para dar un paseo.
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Continuará…

 

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