El enlace geodésico entre Europa y África a través del Mulhacén

Recién liquidada la primera década del Siglo XXI la Humanidad parece haber agotado las posibilidades que el planeta ofrecía a los descubrimientos geográficos. Hoy en día basta con asomarnos a la pantalla de un ordenador para experimentar la sensación de plena comprensión de que debieron disfrutar los primeros cosmonautas. Y ello con el añadido de poder focalizar el ámbito de nuestra curiosidad a golpe de ratón sobre cualquier área del Globo  que nos interese, por lejos de nuestro escritorio que la colocaran en el Tercer Día. Pero hasta que los cohetes espaciales llenaron el cielo de ojos, el hombre solo pudo mirar a la Tierra desde las desventajosas atalayas que la propia Tierra puso a su disposición, lo cual dificultó enormemente la tarea de determinar algo tan trascendental como la forma del Planeta que habitamos.

Enlace geodésico Mulhacén

Primeramente esta determinación se llevó a cabo  mediante la cartografía. La representación de espacios más o menos limitados sobre un plano ha sido una actividad que, con mayor o menor grado de perfeccionamiento, ha acompañado al hombre prácticamente desde los albores de la Historia. El problema surgía cuando se trataba de integrar la información topográfica en mapas más extensos, lo que solamente pudo hacerse por aproximación hasta que apareció la geodesia como la ciencia que se ocupa del estudio de la forma, las dimensiones y el campo gravitatorio de la Tierra, excediendo por tanto los límites de la topografía. En palabras del ilustre matemático Julio Rey Pastor “Una triangulación geodésica es el armazón de un mapa, es su sostén y su esqueleto”. Pues bien, no es hasta el Siglo XIX cuando se pone en marcha un esfuerzo tendente a superar uno de los últimos límites del conocimiento geográfico.

Los años que van desde el comienzo del Siglo XIX hasta las primeras décadas del XX suponen una vertiginosa carrera para retirar el velo que aún cubría gran parte de los territorios remotos del Planeta. Espoleadas por el renovado espíritu colonial, las potencias competían entre sí – si bien no siempre con métodos del todo nobles – por el honor de que uno de sus súbditos figurase el primero en la lista de quienes habían pisado una cima, navegado un río, alcanzado un polo o explorado un lago.  Como lógica consecuencia del conocimiento de las partes se imponía la necesidad de integrar dicho conocimiento en un armazón cuyos cimientos pudieran afirmarse con total rotundidad: era necesario conocer la forma y dimensiones de la Tierra, mediante la geodesia.

 Caseta del Enlace en el Mulhacén

Los esfuerzos realizados en este sentido habían conseguido, en lo que al enlace euro-africano se refiere, trazar un arco casi completo desde las Islas  Shetland – en Escocia –  hasta el Sahara. Pero dicho arco se interrumpía durante unos 270 kilómetros por el escollo hasta entonces insalvable que supone el Mediterráneo. En tanto no se superase dicho escollo, Europa y África no podrían mirarse frente a frente en el mismo mapa. No será hasta después de la creación del Instituto Geográfico y Estadístico (actualmente el Instituto Geográfico Nacional) cuando se dé el impuso definitivo al proyecto de enlazar geodésicamente Europa y África, y para ello sería determinante la figura del General Ibánez de Ibero, promotor y primer director del Instituto, quien se entrevistó personalmente con sus colegas franceses, consiguiendo que ambos países colaborasen en el proyecto.

Los vértices del cuadrilátero se fijaron en un estudio previo: del lado europeo serían el Mulhacén – máxima elevación de las Cordilleras Béticas – y la Tetica de Bacares, cuyos 2080 metros sobre el nivel del mar culminan la almeriense Sierra de los Filabres; del lado africano se eligieron las montañas argelinas de Filhaoussen y M’Sabiha, ambas próximas al Golfo de Orán. Una vez determinados los cuatro puntos, durante los meses de agosto a octubre de 1878 se llevaron a cabo una serie de trabajos preparatorios en cada una de las cimas, consiguiéndose las primeras observaciones el 27 de septiembre. Seguros de las posibilidades de la empresa, el siguiente paso fue la firma de un tratado entre Francia y España que diera un impulso oficial a los trabajos que se realizarían en 1879.

La expedición se preparó durante los primeros meses de 1879: varios centenares de soldados fueron abriendo caminos carreteros para facilitar, en la medida de lo posible, el acceso a cada uno de los vértices. Se construyeron asimismo dos barracas en la estación de la Tetica y hasta siete en la del Mulhacén para albergar durante varios meses a una variopinta comunidad de soldados, científicos y obreros. Sin embargo, de poco debieron servir los caminos carreteros que deberían haber facilitado el acceso de material hasta el Mulhacén, a juzgar por el  relato que de la expedición hace el Conde de Cañete, en 1894: Antes de finalizar el mes de Julio de 1879, empezó el transporte de instrumentos y maquinaria (…) La mayor parte de la impedimenta fue transportada con mulos a lo alto de la estación, no sin pasar muchos trabajos y peligros; pero las voluminosas piezas de maquinaria requirieron cuatro carretas para su transporte y ocasionaron aflictivas vicisitudes. Escoltados estos vehículos por setenta hombres que con ayuda de largos cables los contenían y sujetaban en las pendientes rápidas de descenso, donde los bueyes hubieran sido arroyados, y les ayudaban en las de ascenso, tardaron diez y siete días en recorrer la distancia (siete leguas) que hay entre Granada y lo alto del Mulhacén, con mil peripecias y peligros que hicieron varias veces dudoso el éxito.

 Ruinas en el Mulhacén

Las mayores dificultades, con todo, no consistían  en subir hombres, bestias y material a los casi 3500 metros del Mulhacén (lo que exigió vadear más de 15 veces el cauce del Guadalfeo). Además había que quedarse allí arriba una temporada, al abrigo de las precarias construcciones cuyos restos se conservan aún hoy en la cima.  Así, las penalidades de la empresa alcanzaron una dimensión heroica  una vez la impedimenta y el personal científico y auxiliar se establecieron en la cima, soportando desde entonces temperaturas de hasta -12ºC, gélidos vientos de hasta 127 km/h y tormentas como la que se describe en el Diario del Mulhacén: Todo el personal, encerrado en sus alojamientos, contemplaba tristemente los copos de nieve que el viento arrebataba en torbellinos; cuando de repente, a las once de la mañana, se oyó un ruido sordo y próximo: todos comprendimos que había caído un rayo en el punto más culminante de la estación, el cual sin duda habría destrozado la maquinaria. ¡Tantos sacrificios hechos se iban a perder por completo! El capitán Cebrián se precipitó hacia el local de la máquina, seguido del ayudante Martínez. Cuando llegaron, aun ardían las cubiertas de los cables conductores; los hilos metálicos se habían fundido y los cables se rompían y caían al suelo.

Los trabajadores locales, reclutados en los pueblos próximos, no pudieron soportar los rigores del clima en la cima y las penalidades a que se vieron sometidos (obligados, según el Conde de Cañete, a beber únicamente nieve derretida), por lo que emprendieron el camino de vuelta, afectados algunos por la fiebre y la disentería. Esta espantada obligó a establecer imperativamente el servicio como una carga municipal en las localidades vecinas.

Las cuatro estaciones quedaron fijadas en agosto, aunque los trabajos de observación se vieron aún entorpecidos por dificultades como la congelación del aceite que engrasaba los ejes de las maquinarias. No fue hasta la noche del 9 de septiembre cuando por primera vez se pudo observar desde el Mulhacén la luz africana del Filhaussen. Pero los intervalos de buen tiempo eran escasos y, tal y como advertían los lugareños, desde la segunda mitad de septiembre la nieve podía llegar para quedarse en cualquier momento. Sin embargo las escasas noches despejadas (ni una sola observación se pudo realizar durante el día) bastaron para completar el enlace: en la primera semana de octubre culminó el enlace geodésico, y el 16 de noviembre el enlace astronómico. Europa y África pudieron por primera vez mirarse cara a cara.

Y en una época en que España miraba con orgullo a sus científicos – el primer club de fútbol español llegaría una década más tarde – y el artífice del enlace geodésico fue uno de los más brillantes: en 1889 la Regente María Cristina nombró al General Ibáñez e Ibáñez de Ibero Marqués del Mulhacén, dando origen al título nobiliario más montañero y más granadino que se haya concedido.

 

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4 Comments

  1. Sin el menosprecio de esta gran hazaña, todo un gran logro por y para aquella época…”Marqués del Mulhacén”, que al parecer nunca pisó la cumbre del mismo según tengo entendido

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