La Sagra, 2383m. (por el Embudo)

Siendo así, mal se explica que hasta ahora no hubiera girado visita a la cima de esta dama blanca. Un plan aplazado mil veces al que pusimos remedio esta Navidad. Y para ello nos reunimos cuatro foreros de www.cazorlaturismo.com: Luis, Juan Diego Salgareño, Juan Diego II y yo. Ninguno de los cuatro teníamos una buena coartada para esta dejadez con la Sagra, pero para todos era la primera vez.
La Sagra por el Embudo
Aunque la montaña amaneció completamente cubierta de nieve el día de Nochebuena, el manto se había ido desvaneciendo a lo largo del 25, lo que pudimos comprobar al llegar a los Collados de la Sagra el día 26: casi todo el hielo estaba en la carretera de acceso, quedando algo, eso si, en el sembrado que teníamos que atravesar para acceder a la base del Embudo. Quien haya cogido aceituna en una fría mañana de invierno sabe cual es el motivo de nuestra inquietud al escuchar crepitar la tierra bajo nuestros pies: en cuanto el sol se lleve la capa de hielo, esto va a ser una ciénaga. Mejor evitar pasar otra vez por aquí.
La Sagra por el Embudo
Ya en el embudo se confirma que prácticamente no hay nieve, y la poca que hay está como recién caída. No nos quejamos, porque la pendiente impresiona, y una mirada hacia abajo sobra para saber que esto con bastante nieve debe ser muy divertido… pero acojonante.
La Sagra por el Embudo

Sin nieve el embudo no pasa de ser un cascajar de los que en cualquier otra montaña evitamos a toda costa. Pero tiene su encanto. Ascendemos rápidamente, pasando grupos de montañeros cada poco. La ermita de las Santas Benditas está en otra ladera, pero los romeros vamos a la cima.

La Sagra por el Embudo

Eso si, la salida del Embudo nos depara unas vistas impresionantes de la práctica totalidad de las Sierras de Cazorla, Segura, el Calar del Mundo… Aquí me vienen a la mente las palabras de Antonio Vela (“la Sierra es inabarcable”). Vista desde aquí, casi puede abarcarse. Y claro, ante esta imagen maldigo mi mala cabeza: me he dejado la cámara en casa y tengo que conformarme con el móvil. También me dejé el piolet en Granada (me prestaron uno) y la botella de agua… en algún lado (llevo una botella de cristal de cerveza con cierre hermético que vacía pesa más de medio kilo).

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Y al ganar la arista que nos llevará a la cumbre hace su aparición el viento. Un viento gélido que no entiende de primeras, segundas ni terceras capas: encuentra su camino hasta los huesos y nos los congela. Apretamos el paso hacia la cima. Esto consiste en no parar de moverse. Casi nos hacemos la foto de cima bailando, y desde luego no almorzamos junto al vértice, sino unos metros más abajo, en la ladera protegida del viento.

Y tras las fotos de rigor, trapicheo de embutidos y asalto a la bota de vino de Juan Diego, iniciamos el descenso hacia el Collado de las Víboras. Ha sido rápido, pero nos ha gustado, así que volveremos cuando el Embudo esté en mejores condiciones. Total, seguirá estando ahí, en el horizonte de casi cualquier cima a la que subamos.

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