Suerte Somera (a los Prados del Conde y la Cañada Lamienta)

 
En el corazón de la Sierra de Castril, pegada a la vertiente Este del Barranco del Marfil, se extiende una sucesión de navas y prados que los viejos serranos agruparon bajo el nombre de Suerte Somera, donde la empinada Sierra Seca parece frenarse antes de caer definitivamente al barranco, dando lugar a una meseta se extiende, ganando altura muy pausadamente, hasta la vecina Sierra de Segura.
De todas estas navas la más conocida es sin duda la de los Prados del Conde, a la que llega uno de los senderos señalizados del Parque Natural. Y para recorrer este histórico camino – ligado irremediablemente al tránsito de los rebaños que  aún hoy aprovechan estas tierras – nos reunimos la pasada primavera Julio, Torres, Juan Diego y yo. Y Phoebe, claro.
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Así, partiendo de los Cortijos del Nacimiento – bajo la tubería de la Cental Hidroeléctrica – nos propusimos dejar atrás los Prados del Conde y la Sierra de Castril y adentrarnos, – muy poco – en la provincia de Jaén para llegar hasta el Cortijo de la Cañada Lamienta, ya en la Sierra de Segura.
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La primavera se mostraba exuberante vistiendo de verde los prados, ahítos de agua. Todas las fuentes se afanaban a estas alturas a evacuar el exceso con que las lluvias habían colmado los acuíferos durante el invierno, y el día prometía sobrecargar las posibilidades de los aliviaderos – fueran éstos fuentes o barrancos -, pues las nubes hicieron su aparición muy pronto y es sabido que en primavera éstas no suelen contentarse con un papel ornamental en el paisaje serrano.
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El camino nos lleva hasta el Cortijo de las Viñas, el del Pino Julian, Cavila, Don Rafael… reconforta  ver como se han respetado en la Sierra de Castril la mayor parte de los cortijos, muchos de los cuales aún se utilizan para servicio de la ganadería. Contrasta esta tendencia con la que se sigue en las vecinas sierras del Pozo y Cazorla, en la que prácticamente todo vestigio de ocupación o aprovechamiento humano se ha hecho desaparecer en un vano intento de sacar al hombre de un paisaje del que fue parte durante muchos siglos. Y digo vano porque el hombre no ha desaparecido. Han desaparecido los “-ores” y los “-eros” (pastores, leñadores, ajorradores, carreteros, etc…)  pero han aparecido los “-istas”, que en su mayor parte distan mucho de quedar integrados en el paisaje, acondicionándolo casi siempre a las necesidades de sus “-ismos” (o sus “-ing”).
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Así, ganando altura de forma casi imperceptible, fuimos dejando atrás la Hoya Peguera, la de la Majada de los Carneros y la Hoya Petaca. Nos asomamos a los Prados del Conde, comprobando que las nubes seguían a su evolución sobre la Sierra Seca, así que sin llegar a la puerta del refugio volvimos al camino para continuar hacia la Sierra de Segura.
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Tras coronar el collado que hace las veces de divisoria entre ambas demarcaciones apareció ante nosotros la Cañada, como un oasis habitado en medio de lo remoto. Y no solo el Cortijo está habitado, las tierras que lo circundan están cultivadas, las ovejas estabuladas – a tiempo parcial, al menos –. El tiempo se detuvo en este lugar en algún momento de los años 50… o como muy tarde en los 60. Nos acercamos a la vivienda y comprobamos que la cortijera tiene mejor oído que su perro: ella sale a recibirnos; el animal ronca con una potencia desmesurada.
                En una de las estancias anejas a la vivienda un borreguillo retoza tratando de burlar la precaria barrera que le impide abandonar su confinamiento. Su vitalidad contrasta con el lamentable aspecto con que la vida lo ha castigado:
          A éste lo dejó la madre, o se murió. Además lo han pisado – nos dice la anciana mientras Torres le ofrece un dedo para constatar lo evidente: tiene más hambre que un Cura en Viernes Santo – pero lo estoy criando con biberón y mirad que hermoso se está criando.
Pero el animal no se está criando hermoso. Está a mil jodidas millas de criarse  hermoso. Es una radiografía de un borrego; goza de un desarrollo que solo puede calificarse de esquemático: le falta casi toda la parte de su ser que habría de acabar en la carnicería, lo cual bien mirado puede no ser tan perjudicial para él como parece.
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                Pero no nos demoramos mucho: es hora de comer y elegimos como restaurante una alameda situada cañada arriba del cortijo. Las nubes parecen dispuestas a darnos unas horas de tregua, así que nos permitimos una siesta a la sombra antes de emprender el camino de regreso a la Central Eléctrica… y al Siglo XXI.
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2 Comments

  1. Hola, quiero daros la enhorabuena por el reportaje. En los prados del Conde, sierra de Castril y Segura, podemos encontrar paisajes preciosos, la verdad es que parece algo utopico en estos tiempos que corren.
    Siempre que puedo hago una escapada, es como estar en “otra dimensión”
    saludos.

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