Cañada del Mesto: Trackback [relato]

“Algunos aparatos Garmin no almacenan la información relativa al tiempo”. Aquel mensaje al guardar el track me había pasado prácticamente desapercibido cuando, al volver de una jornada de pesca, visionaba sobre el papel – que ya no es papel, sino LCD – la huella que había recogido mi GPS al volver, como tantas veces, por la Cañada del Mesto. Y ahí quedó el asunto. Durante meses el track estuvo almacenado en una carpeta hasta que un día decidí recargar el archivo en el GPS que lo parió y desandar el camino hasta el Vado de las Carretas. Sin imaginar entonces las consecuencias que se siguen de la falta de almacenamiento de la variable t en algunos aparatos Garmin, me dispuse a hacer mi particular “Trackback”. Y vaya si lo hice…
De entrada, el camino no partía de la C. F. del Molinillo, sino de muchos años atrás, en la Dehesa de los Gerardos. Pese a que el día no hacía sino insinuarse sobre los vecinos cerros del Buitre y la Cabrilla, la actividad era sorprendentemente bulliciosa: junto al cortijo se encontraban ya varias reatas de mulas bien aparejadas. Los enormes troncos de madera que se apilaban a ambos lados del río saldrían por los Llanos de la Puerca hasta un punto donde los camiones pudieran cargarlos. Pero no habían sido estos ajorradores los más madrugadores: antes de que pintara el día habían partido en dirección al Vado de las Carretas los que se encargarían de transportar los enormes laricios hasta el punto en el que ahora me encontraba, acompañados de los aserradores, que, llegados al Cortijo del Poyo, se separarían de aquellos para continuar derribando blancos en las alturas del Tranco del Lobo.
Sin tiempo que perder – ni que ganar -, inicie mi caminar junto al río, pasando por el Haza de la Agustina, primero, y un poco más adelante junto a la Caseta de la Presa – de la que partía el canal de Iturralde, que abastecía los regadíos de Pozo Alcón -. Dejé atrás las heladas aguas de Fuente Valentín y alcancé la Huelga de la Madera, donde se amontonaban aún más troncos de Salgareños esperando su turno para abandonar definitivamente la Sierra. Era temprano y no encontré a nadie junto a la fuente de Maitizne, pero en el junto al Pilón del Molinillo un grupo de jóvenes descargaban bultos de sus caballerías. Habían venido desde Campocámara para pasar un día de campo. Los más atrevidos se lanzaban ya al agua desde lo alto del Peñón. Rechazando la invitación para unirme a ellos, seguí mi camino, cambiando de ladera por el Puente del Molinillo para iniciar el cuestarrón que me llevó al cortijillo de la Herradura, y de aquél al de los Tontos. Al verme asomar me salió al encuentro un joven – no debía superar los 14 años -, al que interpelé sobre el nombre del Cortijo. Su respuesta me dejó atónito:
– Tonto mi padre, tonto mi hermano y tonto yo… ¡todos tontos! – rompiendo a reír a carcajadas acto seguido-. La sierra, un medio hostil para cualquiera que tuviera los redaños necesarios para vivir en y de ella, lo era aún más en aquella época para una familia con varios disminuidos psíquicos, y los habitantes de los cortijos vecinos habían tenido poca piedad a la hora de bautizar éste.
Continué la marcha, siempre siguiendo las indicaciones de mi track atemporal, que me llevó a la Caseta del Puntal. En la puerta, apoyado al cobijo del imponente quejigo, estaba el tío Félix Cuadros, del que tanto me habían hablado en años venideros. Lo encontré admirando la incipiente nevada que se cernía sobre nuestras cabezas. Me presenté ante él, y tras un par de palabras de cortesía, me preguntó si iba de caza. Al comprobar que no,  propuso que – a falta de prisas – bien podía entrar y calentarme junto a la lumbre mientras esperábamos la vuelta de sus hijos. Al parecer habían salido de caza, cada cual con su escopeta, y en cuanto volvieran la mujer iba a preparar un arroz con ardillas que sería, según su criterio, un verdadero manjar. Irrechazable el ofrecimiento, pasamos junto a la lumbre y pegamos la hebra hasta que dimos cuenta del guisado.
Salí después del medio día de la Caseta, con un recado del tío Félix para el caso de que me encontrara con Antonio, el Maestro del Pozo. Así llegué al Puntal de Ana María, donde los cortijeros aprovechaban el viento, ahora veraniego, para aventar  la parva en una era muy bien situada, sobre un imponente tajo que caía a plomo sobre la ribera del Guadalentín. Desde luego el espectáculo de una lluvia de paja sobre las Acebadillas debía ser digno de ver, pero no había tiempo para dejarse caer al río, por lo que seguí mi camino.
Al poco de pasar el Raso me topé con los primeros ajorradores. Uno de ellos resultó ser Cirilo Olmedo, mi abuelo, que no pudo disimular su sorpresa al encontrarme aquí, toda vez que mi madre aún no había sido engendrada. Comoquiera que lo había venido observando bregar con las mulas desde un trecho antes del encuentro, tuve que preguntarle a qué tanta sinquietud en los animales. Su respuesta fue que se trataba de mulas coceoras, esto es, que daban coces. Su domesticación era pésima, pero a cambio se compraron a buen precio y, para lo que iban a durar después de tanto arrastrar troncos, – decía – tampoco nos vamos a poner exquisitos. Por cierto, que, como te diré dentro de más de cincuenta años, no me gusta que te vayas solo a la Sierra –añadió-.
– Ni sin vino, por si pasa algo – contesté -. Y seguí mi camino.
Era ya media tarde – y muchos años después – cuando empezaron a abrirse los nubarrones que acababan de descargar sobre mis pasos una espectacular tormenta primaveral. El cielo se había cerrado en cuestión de minutos, y una prematura oscuridad se había cernido sobre los trancos vecinos. Un instante de quietud… el olor a tierra mojada, que parece  preceder siempre a la propia tierra mojada… el estremecimiento del primer estruendo – siempre a traición – y el cielo cayendo sobre la tierra. Y todo para que a los 15 minutos no quede otra señal de lo acontecido que los charcos y chorreras. Aquí paz y después gloria.
Poco antes de llegar a la Canalilla, me crucé con Antonio Martínez y Julian “el Barriles”, que cargaban sus pesadas trucheras, señal inequívoca de que venían del río.
– Primo, ¿Dónde te ha pillado la nube? Pregunté a un joven Antonio, que, a la sazón, era ya entonces primo de mi padre.
– En el Pilón del Ciervo, si no llega éste a conocer el paso hasta la Canalilla se nos lleva el río.
Para poder comprender el apuro en que debieron verse, baste decir que Antonio, que tantos pasos, sendas y veredas me ha enseñaría años después de este encuentro, nunca fue, sin embargo, capaz de indicarme por donde salieron aquel día del río.
Sí me contó entonces, sin embargo, que al salir del río habían venido a parar, en medio de un intenso aguacero, junto al corral del Cortijo de la Canalilla. Entraron bajo un cobertizo para resguardarse, y allí estaba la cortijera, que había ido a aplicar miera a un macho al que le había cagado la moscarda en una herida. En estas le había pillado la tormenta también a ella, por lo que se quedó allí, esperando a que escampara. Y ya se sabe, que si qué alegría, con el miedo que me da pasar sola una nube, que si la que está cayendo… que si hace una semana que no veo a nadie, y así hasta que por fin se abrió el cielo, y Antonio y Julián se decidieron a continuar su camino. Pero la idea de quedarse otra vez sola no fue del total agrado de la mujer, que les hizo saber “que podían quedarse, pues su marido se hallaba fuera y tardaría aún unos días en volver”. Mientras Antonio me contaba esto Julián asentía hasta que, en un momento dado, quedó mirando a la nada y luego a Antonio, como si acabara de adivinar la forma del Universo. Golpeando en el hombro a Antonio, dijo:
– Cago en la Orden Antonio, si esa lo que quería era…
Antonio me miró sonriendo y se dispuso a seguir su camino. Pero antes le hice saber lo que el tío Felix me había encomendado para el caso de este encuentro: que no olvidara pasar por la Caseta para que le firmara el permiso, ya que de esa forma el evitaba un paseo por el río que cada vez le resultaba más trabajoso.
Nos despedimos así, hasta varias décadas después, en que empezaríamos a hacer el mismo camino que ya hacía él varias veces a la semana durante la primavera y gran parte del verano, en busca de unas truchas cada vez más esquivas. Yo, por mi parte, seguí una vez más mi camino, hasta llegar al Cortijo del Poyo, donde se encontraban ya algunos aserradores que bajaban del Tranco del Lobo. Tras los pertinentes saludos, seguí hasta el Vado de las Carretas, donde las últimas reatas iniciaban ya el camino hacia los Gerardos, cargando los troncos que llegaban desde los tajos del Tranco atados a un teleférico, de aspecto bastante precario. De tan precario aspecto, en realidad, que los trabajadores que allí se encontraban se referían a aquella infraestructura como el cable. Los que ya no habían de partir refrescaban las bestias en el río mientras comentaban las vicisitudes del trabajo o preparaban la jornada siguiente. De repente, un terrorífico estruendo nos hizo volver la vista hacia las alturas a todos los presentes: un enorme tronco se había desprendido del cable, quedando suspendido durante un instante, para caer luego astillándose en mil pedazos al impactar contra la roca.
Recuperado del sobresalto, descansé un rato, metidos los pies en el río para refrescarme. No había de entretenerme: el tiempo me alcanzaba y a la vuelta, probablemente, todo lo que encontrara a mi paso fueran ruinas y ecos de la vida que un día existió en la Sierra.
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9 Comments

  1. Que delicia de relato…yo estube por la cañada y la recozco en cada episodio, esa vida serrana perdida y rescatada por ti, la verdad no tiene precio.

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