a Cabañas por los Santos Inocentes

La ascensión invernal a Cabañas fue durante muchos años una más de las tradiciones navideñas para algunos miembros de mi familia desde mi primer intento, cuando tenía unos 12 años. Aprovechando que por vacaciones estábamos por el pueblo la mayoría de los aficionados a la montaña, solíamos reservar un día – medio, en realidad – para una salida montañera que, por entonces, era casi siempre a Cabañas.

En 2006 la fecha elegida fue el 28 de diciembre, coincidiendo además con la comida familiar en casa de mis abuelos paternos, de manera que se imponía un buen madrugón para salir del Hornico con las primeras luces y estar de vuelta a la hora de comer.

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El grupo estaba formado por mis primos Fran y Mari, mi tío Paco y yo. Para Fran y Mari era la primera intentona, mientras que para Paco era la 5º. Curiosamente en ninguna de las anteriores cuatro ocasiones había llegado a la cima: por motivos meteorológicos unas veces, porque había dicho en casa que llegaría a medio día otras, o por haber equivocado el camino, el hecho es que Cabañas era ya una cuestión de orgullo personal para él.
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Asi es que con las primeras luces del día de los inocentes afrontábamos las duras rampas que llevan a los Prados de Cuenca. La nieve de los días anteriores crujía bajo nuestros pies, pero por si sola no representaba mayor problema. Los problemas vinieron cuando a la nieve se unió la niebla. Pasada la Fuente del Artesón tuvimos que hacer un alto y valorar la situación: la nieve cubría la senda por completo, y con la niebla tomar referencias era complicado. De seguir así la mañana podíamos llegar a Cabañas, sí, pero nada nos garantizaba poder estar en el pueblo para la comida… la cara de Paco era un poema ¿sería este su 5º intento fallido?

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Como la previsión meteorológica no era mala decidimos seguir para ver que ocurría con la niebla. Es frecuente en invierno de invierno que en la zona de la Bolera se formen bancos de niebla. Al amanecer esta niebla va subiendo dando lugar a nubes que a veces se disipan y otras veces se quedan cubriendo las cimas de la Salteneja, Cabañas, y el Puntal del Buitre. Si teníamos suerte, antes de las 12 tendríamos un cielo azul sobre nosotros. En caso contrario, para casa.

Pero hubo suerte. Pasada la Hoya de las Cabañuelas, cuando afrontábamos las últimas rampas, las nubes empezaban a quedar bajo nosotros y un viento gélido pero muy oportuno hizo el resto. La alegría de Paco en la cima lo llevó a un despelote al que Fran y yo nos unimos inmediatamente.
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Ya bajando nos relajamos hasta el punto de pensar que era buena idea aprovechar el día de los inocentes para llamar a casa diciendo que no sabíamos si podríamos llegar para la comida… la reacción al otro lado del teléfono nos obligó a poner fin a la broma casi antes de ponerla en marcha.

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Llegamos al pueblo con una precisión horaria impecable: justo a tiempo para comer y demasiado tarde para que nos tocara ir al horno a recoger el asado. Un plan perfectamente ejecutado 😉
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